Las obras de la ley

En su carta a los cristianos gálatas el apóstol Pablo se queja de que alguien les estaba enseñando que para ser aceptados por Dios tenían que estar circuncidados. Pablo tenía razón al quejarse, porque para ser aceptados por Dios, nuestros pecados tienen que ser perdonados, y es la sangre del Cristo la que nos limpia de pecados cuando los confesamos, no la circuncisión.

Sin embargo, al quejarse, el apóstol Pablo utilizó una frase que ha sido mal interpretada, y las consecuencias de esa mala interpretación son tan malas como las de aquella doctrina, o peores. La frase es «las obras de la ley». El problema con ella es que la han confundido con la ley de Moisés (la Torá) y con las buenas obras. Entonces, cuando leen u oyen que mediante las obras de la ley nadie será justificado (Gálatas 2. 16), erróneamente entienden que nadie será salvo por cumplir los mandamientos de la ley de Moisés o por hacer buenas obras, y tan convencidos están de eso, que tildan de «legalistas y fariseos» a quienes intentan hacerlo —y lo dicen con encono—, como si fuera malo cumplir la ley y hacer buenas obras (que es lo mismo, pues quien hace buenas obras, cumple la ley).

Con la frase «las obras de ley» el apóstol Pablo no pudo referirse a la ley de Moisés ni a las buenas obras, pues, en esa misma carta (a los gálatas), él dice que toda la ley se resume en amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Gálatas 5. 14); que cuando los cristianos se ayudan a llevar sus cargas unos a otros cumplen la ley del Cristo (Gálatas 6. 2); que quienes perseveran en hacer buenas obras, Dios les pagará con vida eterna (Romanos 2. 6-7); que Dios no puede ser burlado, que lo que uno siembre, eso segará; que si sembramos para el Espíritu (haciendo buenas obras al prójimo), del Espíritu segaremos vida eterna (Gálatas 6. 7-10). Pablo está hablando de salvación por obras; también lo hicieron Isaías, Juan el Bautista, Jesús, y Santiago.

En Isaías 1. 11-20 dice que si los israelitas dejaban de hacer lo malo y se dedicaban a hacer el bien, Dios perdonaría sus pecados, osea, los justificaría, los declararía justos, estarían reconciliados con Dios, y serían saludables, prósperos y felices en la tierra prometida (Canaán).

En Mateo 25. 31-46 Jesús habla de unas «ovejas» que son salvas por hacer buenas obras. El criterio que él usa para no condenarlas al lago de fuego es que trataron bien a «los pequeñitos» (les dieron de comer, de beber, los visitaron cuando estaban enfermos, etc.). Ser salvo es salvarse de tener el lago de fuego como destino eterno. Esas «ovejas» fueron salvas por tratar bien a su prójimo (haciendo buenas obras), no por creer en Jesús o practicar una religión en particular.

En Lucas 3. 7-14 Juan el Bautista les dice a la multitud que venía a ser bautizada por él que no bastaba con cumplir con el rito del bautismo, que tenían que dar muestras de arrepentimiento dejando de hacer el mal y dedicándose a hacer el bien. En Santiago 1. 21-22 dice que la palabra puede salvar nuestras almas, pero tenemos que ser hacedores de la palabra, y no tan sólo oidores. Y en Santiago 1. 27 dice que la religión pura y sin mancha consiste en visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y mantenerse sin pecar.

Si por dejar de hacer lo malo y dedicarnos a hacer el bien (tratar bien al prójimo) somos perdonados, reconciliados con Dios, y nos salvamos de ser condenados al lago de fuego, la frase «las obras de la ley» no puede ser sinónimo de la ley de Moisés (principalmente los diez mandamientos) ni de las buenas obras, tiene que referirse a otra cosa; se refiere a la circuncisión, al sacrificio de animales y otros ritos. Por esto el apóstol Pablo les dice a los cristianos gálatas que cómo era posible que habiendo comenzado por el Espíritu (mediante la renovación en el Espíritu Santo), pretendieran acabar por la carne (mediante la circuncisión).

En Gálatas 3. 2-5 Pablo pregunta si recibieron el Espíritu por las obras de la ley (por hacerse la circuncición) o por la fe (por creer en la sangre del Cordero de Dios), porque el perdón de los pecados se recibe gracias a la sangre del Cristo, no gracias a la circuncisión, y una vez Dios perdona a uno, uno es reconciliado con él y recibe su Espíritu, quien comienza su obra renovadora en uno.

Hacer las obras de la ley (circuncidarse y sacrificar animales) no nos salva, pero obedecer los mandamientos y hacer buenas obras, sí. Llamar «legalistas y fariseos» a quienes hacen estas cosas es incorrecto, despectivo y ofensivo. ¿Desde cuándo hacer el bien es malo?

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La justificación

La justificación, una de las doctrinas medulares del cristianismo, es la justicia que Dios le adjudica a los pecadores cuando les perdona sus pecados. La misma consiste en que nuestros pecados son adjudicados a Jesús y la justicia de Jesús es adjudicada a nosotros cuando confesamos nuestros pecados a Dios, o unos a otros, creyendo que Jesús recibió en la cruz el castigo que nosotros merecemos por pecar. Así nuestros pecados son perdonados sin tener que sacrificar animales. Por esto, el apóstol Pablo dijo que somos justificados por medio de la fe en la sangre del Cristo Jesús, y no por las obras que exige la ley (los sacrificios de animales).

Cuando hacemos eso por primera vez, somos reconciliados con Dios y recibimos el Espíritu Santo. Después, tenemos que seguir haciéndolo cada vez que pequemos durante el resto de nuestras vidas, para mantenernos reconciliados con Dios.

Es importante tener en cuenta que la sangre del Cristo nos limpia de pecado solamente cuando los confesamos, ya que la sangre del Cristo y la confesión no operan individualmente, sino juntas. Confesar nuestros pecados sin creer en el sacrificio expiatorio del Cristo Jesús no nos limpia de pecado; y creer en el sacrificio expiatorio del Cristo sin confesar nuestros pecados, tampoco.

La justificación, la reconciliación, y el Espíritu son las cosas que podemos recibir actualmente; la salvación la recibiremos solamente cuando Jesucristo venga a buscarnos.

La doctrina cristiana de la salvación

Las ideas que forman la doctrina cristiana de la salvación tuvieron su origen en el judaísmo. Los israelitas creían que la justicia divina funcionaba como el principio de siembra y cosecha (cosechamos lo que sembramos). Cuando se dieron cuenta que en la vida eso no siempre ocurría así, muchos pusieron en duda tal principio, y esa duda trajo desconfianza en la justicia divina. Cuando las personas llegan a ese punto, pueden terminar creyendo que Dios no existe, o que si existe, no se interesa en los asuntos humanos.

Del dudar del principio de siembra y cosecha y del desconfiar en la justicia divina surgió la necesidad de unas ideas que disiparan esa duda y esa desconfianza. Esas ideas resultaron ser la idea de la resurrección de los muertos y la del juicio divino. Pues si los muertos son resucitados y juzgados por un juez divino, y por ende perfecto, de seguro recibirán lo que merecían recibir antes de morir, sea bueno o malo; y será el Señor Jesús quien los resucite y los juzgue.

Es de ese juicio divino que surgió la necesidad de ser salvos, porque en los juicios o se sale absuelto o se sale condenado, y en ese juicio la condena es pasar la eternidad en un lago de fuego. Por esto, en el cristianismo ser salvo es salvarse de tener como destino eterno el lago de fuego reservado para los que sean condenados en el juicio divino. El objetivo de la fe cristiana es salvar a los seres humanos de esa condena eterna.

Fue por los imperfectos sistemas de justicia humanos que surgió la necesidad de creer en un juicio divino perfecto que traiga justicia perfecta. Para que ese juicio divino sea perfecto es necesario un juez perfecto y que los muertos sean juzgados. Para que los muertos sean juzgados, es necesario que sean resucitados. Del destino eterno (el lago de fuego) preparado para quienes resulten condenados surge la necesidad de la salvación, para que la humanidad no sea condenada en su totalidad. Ser salvo es salvarse de ser condenado a tener el lago de fuego como destino eterno y vivir eternamente sin sufrir.

La razón que da la fe cristiana para que crean que todo esto es verdad es que el Cristo Jesús fue resucitado, implicando que si él fue resucitado, él nos resucitará y nos juzgará, y una vez juzgados, recibiremos ineludiblemente lo que merezcamos. Cuando esto ocurra, el principio de siembra y cosecha quedará vindicado y será evidente que la justicia divina es real y perfecta.

La justicia perfecta requiere un juicio perfecto. Un juicio perfecto requiere un juez perfecto y que los muertos sean juzgados. Para que los muertos sean juzgados tienen que ser resucitados. Para que crean en la resurrección de los muertos el cristianismo presenta como precedente la resurrección de Jesús. La Biblia enseña que la resurrección de los muertos y el juicio divino ocurrirán en el futuro (al final del tiempo, o sea, antes de la eternidad) y que la resurrección del Cristo Jesús ocurrió en el pasado. Ninguna de estas cosas pueden ser probadas empíricamente, lo único que podemos hacer es creerlas o no creerlas. Si las creemos y son ciertas, nos servirán para salvarnos de ser condenados a tener el lago de fuego como destino eterno; y si las creemos y no son ciertas, al menos nos motivarán a vivir pacíficamente.

Entonces, ¿qué hay que hacer para ser salvo? Según el apóstol Pablo, para ser salvos hay que creer que Jesús pagó por nuestros pecados al morir en la cruz; que resucitó y se fue al cielo; y que regresará del cielo a resucitar y llevarse con él al cielo a quienes lo esperen. Quienes crean esto hasta el final de sus vidas o hasta que Jesús regrese, serán quienes se vayan con él y se salven de ser condenados.

Sin embargo, la soteriología (la doctrina de la salvación) que enseñaba Pablo no es la única que aparece en la Biblia. Mateo, en el capítulo 25 de su evangelio presenta una soteriología más extensa que la de Pablo, pues incluye tres cosas que no existen en la soteriología de Pablo. Éstas son: 1) los cristianos que no se van con el Señor Jesús, a pesar de que lo esperaron (las vírgenes insensatas y los siervo malos y negligentes), 2) la resurrección y el juicio de los que no son cristianos (las ovejas y los cabritos), y 3) los salvos que no son cristianos (las ovejas).

El relato de las vírgenes enseña que no basta con esperar al novio (el Señor Jesús); también hay ir a encontrarse con él teniendo la lámpara llena de aceite (con el corazón lleno de amor). El relato de los siervos a quienes su patrón les dejó a cargo una cantidad de dinero (talentos) enseña que los siervos (los ministros) que no hagan lo que el Señor les encomendó hacer serán despedidos (excomulgados). Y el relato del juicio enseña que quienes ni esperen ni le sirvan a Jesús (los no cristianos) pueden ser salvos si trataron bien a los hermanos pequeñitos de Jesús (los cristianos).

Una explicación a la diferencia entre la soteriología de Pablo y la de Mateo pudiera ser que Mateo estuvo con Jesús durante todo su ministerio y ya era un apóstol del Cristo Jesús cuando Pablo era todavía un fariseo que perseguía a los cristianos; y que cuando Pablo era un apóstol cristiano, se jactaba de que a él nadie le enseñó doctrina cristiana. ¿Será por eso la diferencia?

En la soteriología de Pablo hay un solo camino de salvación (le fe en el Cristo Jesús); una sola resurrección (la de los santos); y un solo grupo de salvos (los santos, que son las vírgenes sensatas, los siervos diligente, y los hermanos pequeñitos de Jesús). En la soteriología de Mateo hay dos caminos de salvación (el de la fe y el de las buenas obras o el buen trato al prójimo); dos resurrecciones (la de los santos, que es la primera; y la de las ovejas y los cabritos, que es la segunda); y dos grupos de salvos (los santos, quienes serán resucitados en la primera resurrección y vivirán eternamente en la Nueva Jerusalén, y las ovejas, que serán resucitadas en la segunda resurrección y vivirán para siempre en las naciones). Pero tanto en la soteriología de Pablo como en la de Mateo —y en la de los otros apóstoles — los condenados sufren eternamente y los salvos viven felices eternamente. Ser salvo es salvarse de ser condenado a tener el lago de fuego como destino eterno y vivir felices eternamente.

La justicia divina y la resurrección de los muertos

Todos sabemos de personas buenas que les va mal en la vida y de personas malas que les va bien. También sabemos de personas buenas que mueren jóvenes y de personas malas que son longevas; sucede hoy y ha sucedido siempre. No siempre las personas reciben lo que merecen, sea bueno o malo. Todos hemos vivido alguna experiencia o nos hemos enterado de alguna situación que nos han hecho dudar de la infalibilidad de la justicia divina. Esto está expresado en las obras literarias judías Job y Eclesiastés.

Por justicia divina me refiero a cuando Dios envía cosas buenas a las personas buenas para recompensarlas y envía cosas malas a las personas malas para castigarlas. Todos consideramos que es justo que las personas buenas tengan buena salud, buen ingreso, buena casa, buen cónyuge, buenos hijos, buenos amigos, etcétera; y que las personas malas tengan todo lo contrario. Ver que eso no ocurra, puede hacernos dudar de la justicia divina, que es dudar que Dios pueda ver y controlar todo. Incluso, podemos dudar que Dios exista.

El judaísmo comenzó enseñando que el alma era mortal y que antes de morir cosechará lo que sembró (uno recibirá lo que merece antes de morir, sea bueno o malo) pues no habrá otra vida después de ésta. Pero esta enseñanza tiene el siguiente defecto: si el alma es mortal y muchas personas han muerto sin recibir lo que merecían, implica que Dios o no lo ve todo o no puede controlarlo todo. Por ende, Dios no siempre puede hacer justicia y las personas tienen la posibilidad de salirse con la suya si son astutas al hacer fechorías.

Tal implicación les estaba minando su confianza en Dios a los israelitas; y tal crisis de fe podía llevarlos a una crisis social. Pues, si veían que Dios no siempre puede recompensar a los buenos y castigar a los malos, ¿por qué ser buenos todo el tiempo? ¿por qué someterse a él? ¿por qué obedecer sus mandamientos? Cuando en una sociedad la gente vive con esa actitud, la convivencia humana puede tornarse en una lucha de todos contra todos.

Entonces, ¿cómo evitar que la gente dejara de creer en la justicia divina? Salomón, quien creía que había un tiempo para todo, dedujo que si en las cortes estaba reinando la injusticia, tenía que venir un tiempo en que todas las personas (vivas y muertas; buenas y malas) sean juzgadas por Dios y reciban lo que merecen (sea bueno o malo), el cual sería el tiempo de justicia (Eclesiastés 3. 1617). Siglos después de que Salomón escribiera Eclesiastés, los apóstoles Mateo y Juan describieron ese juicio de manera sucinta en Mateo 25. 31-46 y en Apocalipsis 20. 11-15 respectivamente.

¿Juzgar a los muertos? ¿Cómo van a juzgar a los muertos? Pues, resucitándolos antes de juzgarlos. Daniel profetizó que él va a ser resucitado y recompensado (Daniel 12. 13), pero antes de ser recompensado, tendrá que ser juzgado. Como Daniel, todos los muertos serán resucitados antes de ser juzgados, y después de ser juzgados, unos serán recompensados y otros serán condenados. La profecía de Daniel y la deducción de Salomón introdujeron en el judaísmo las ideas de la resurrección de los muertos y del juicio a la humanidad. Estas ideas, que actualmente no se pueden probar ni refutar mediante la experiencia, revitalizaron el principio de siembra y cosecha, que estaba moribundo, y éste pudo seguir manteniendo viva en los judíos primero y luego en los cristianos la confianza en la justicia divina.

El problema de que la gente muriera sin recibir su merecido fue resuelto con la propuesta de volver a esta vida mediante la resurrección para ser juzgados y recibir sin falta lo que cada uno merece. La resurrección es crucial para mantener la validez del principio de siembra y cosecha, pues si uno no recibe lo que merece antes de morir, gracias a la resurrección lo podrá recibir después del juicio. No habrá justicia sin juicio, y no habrá juicio sin resurrección. Es por creer en la resurrección de los muertos y en el juicio a la humanidad que los cristianos continuamos creyendo en la justicia divina. Esas ideas nacieron en el judaísmo, pero fue en el cristianismo donde tuvieron arraigo.

Tal fue el arraigo que la resurrección tuvo en el cristianismo, que el apóstol Pablo llegó a decir que si no hay resurrección de los muertos, es falso que el Cristo Jesús haya resucitado, y que si eso es falso, la fe y la predicación de los cristianos son vanas (1ra de Corintios 15. 13-14). Para los cristianos la resurrección del Cristo Jesús es la garantía de que la resurrección de los muertos es algo real. Si Jesús no resucitó, no habrá resurrección; y si no habrá resurrección, no habrá juicio; y si no habrá juicio, no habrá justicia; la fe en el Cristo sería vana. Si Jesús resucitó, habrá resurrección, y con ésta, juicio, y con éste, justicia. Quienes creen esto, confían en la justicia divina.