Manos a la obra

Si no madrugo,
me pierdo la madrugada,
me pierdo cuando arranca el día,
y no quiero que lo haga sin mí.

Mas si no aprovecho el tiempo,
se me pasa el día,
y no hago lo que tengo que hacer.

Si no hago lo que tengo que hacer,
se me pasa el día,
y el tiempo desperdicié.

Si se me pasa el día
sin hacer lo que tengo que hacer,
en vano madrugué,
aunque haya visto la madrugada.

¡Manos a la obra!

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El Padre y el Hijo

Las comparación es un recurso que nos facilita la comprensión de las cosas, y comparar la relación que existe entre las ideas y las palabras nos puede ayudar a entender la relación que existe entre el Padre y el Hijo, pues son relaciones muy similares. Lo que las ideas son a las palabras es parecido a lo que el Padre es al Hijo. Las ideas le dan significado a las palabras, son la sustancia de las palabras. Sin ideas las palabras carecen de significado, carecen de contenido intelectual, nada dicen. Las palabras necesitan ideas para tener significado. Similarmente, el Hijo nada dice por sí mismo; Su mensaje proviene del Padre. Es el Padre quien genera las ideas y se las da; el Hijo solamente las comunica (Juan 5. 19, 30; 7. 16; 8. 26, 28, 38; 12. 49-50; 14. 24). Por esto cuando uno tiene una palabra en la mente y la entiende, tiene también lo que la palabra representa, tiene también su significado; quien tiene al Hijo, tiene al Padre (1 Juan 2. 23-24; 2 Juan 9).

Así como las palabras necesitan ideas para tener significado, las ideas necesitan palabras para ser expresadas y comunicadas verbalmente. Sin palabras las ideas serían verbalmente inexpresables e incomunicables. Las palabras representan ideas y el Hijo representa al Padre (Juan 10. 25; 12. 13, 49-50) y lo hace visible (Juan 14. 9; Colosenses 1. 15; Hebreos 1. 3). El Hijo ni hace ni dice nada por sí mismo; Él hace y dice lo que ve hacer y lo que oye decir al Padre; y lo que Él hace y dice evidencia que el Padre está en Él y Él está en el Padre (Juan 10. 30, 38; 14. 10). Por esto Jesús le dijo a Felipe que quien lo ha visto a Él, ha visto al Padre (12. 45; 14. 8-11).

Las ideas son la concepción, el concepto, de las cosas. Las cosas comienzan por ser concebidas como ideas. Luego éstas son representadas verbalmente mediante palabras, visualmente mediante imágenes, o corporalmente mediante movimientos (gestos). Las ideas son y las palabras representan. Las palabras surgen de la necesidad de expresar y comunicar ideas. Por esto Proverbios 8. 24 dice que la Sabiduría, que es tipo de la Palabra, fue engendrada; y Colosenses 1. 15 dice que el Cristo es el primogénito de toda creación. Que el Hijo haya sido engendrado por Dios y sea Su primogénito no imposibilita que estuviera en el principio de la creación con Dios y que existiera antes que todas las cosas creadas.

Las cosas, después de ser concebidas y representadas, son hechas. El Padre creó todas las cosas mediante Su Palabra (el Hijo) (Proverbios 8. 22-24; Juan 1. 1-3; Colosenses 1. 16-17). Él decía: «exista tal cosa», y existía. (Génesis 1. 1-26), pero tuvo que haberlas pensado antes de decirlas. Las cosas creadas primero fueron ideas, segundo palabras, y tercero objetos materiales.

Dios mismo pasó por esas tres etapas: Él, antes de hacerse carne, fue palabra; y antes de ser palabra tuvo que haber sido idea. La encarnación de la Palabra de Dios (el nacimiento del Hijo de Dios) fue predicha por profetas. Una vez hecho carne, Él mismo predijo que lo matarían, que resucitaría, y que volvería al Padre. Todo ocurrió según fue ideado por el Padre y predicho por profetas y por Jesús mismo. Así Dios salió del plano imperceptible e insondable donde existe como Mente Divina y se manifestó en el plano mental consciente como Palabra Divina (el Hijo pre-encarnado) para darnos instrucciones de cómo vivir, y en el plano sensible (perceptible por los sentidos) como Jesús de Nazaret (el Hijo encarnado) para darnos el ejemplo.

Ese proceso puede ocurrir también en nuestras vidas. Cuando interiorizamos la instrucción de Dios, el Padre (la Idea Divina) y el Hijo (la Palabra Divina) viven en nosotros (2 Juan 9); vivimos por el Espíritu y podemos andar por el Espíritu (Gálatas 5 .25). Así la Palabra se va encarnando (el Cristo se va formando) en nosotros (Gálatas 4. 19). Para esto el Padre emitió Su Palabra, y no será en vano (Isaías 55. 11).

La soteriología de Jesús

En el relato del juicio ante el trono blanco (Mateo 25. 31-46) Jesús habló de un camino de salvación que el apóstol Pablo siempre negó: el camino de salvación mediante buenas obras (Gálatas 2. 16; Efesios 2. 9; Tito 3. 5). En ese relato Jesús dice que las ovejas se salvan de ser condenadas al lago de fuego por las buenas obras que le hicieron a los pequeñitos. Entonces, si las buenas obras salvan a las ovejas de ser condenadas al lago de fuego, es porque son un camino de salvación.

Según la soteriología (la doctrina de la salvación) de Pablo, que dice que la salvación no es por obras, esas ovejas no podían ser salvas. Pero lo fueron, porque en la soteriología de Jesús, que es más amplia que la de Pablo, las buenas obras son un camino de salvación; y Jesús sabe mejor que Pablo lo que es la salvación y cómo obtenerla, pues es el autor de la misma, Él mismo es el Salvador.

En ese relato las ovejas representan a unos salvos, pero no son los santos, pues estos serán resucitados en la primera resurrección antes del milenio; y las ovejas serán resucitadas en la segunda resurrección después del milenio. En la primera resurrección todos los resucitados serán salvos, mas no será así en la segunda. En la segunda resurrección también serán resucitados otros que en el relato Jesús llama «los cabritos». A estos y a las ovejas Jesús juzgará en ese juicio. Las ovejas se salvarán de ser arrojados al lago de fuego, pero los cabritos no; las ovejas serán salvas y los cabritos serán condenados. De los resucitados en la segunda resurrección los cabritos no serán salvos. Esto es una particularidad de la segunda resurrección, pues en la primera no hay condenados. Como los santos serán resucitados en la primera resurrección y las ovejas en la segunda, las ovejas no pueden ser los santos.

Si los santos no son las ovejas, ¿quiénes son los santos entonces? De estos también habla ese relato. Los santos son los pequeñitos, quienes están en el juicio, pero no están siendo juzgados. Ellos están allí porque el juicio se lleva a cabo en la Nueva Jerusalén, y esa ciudad ha sido su destino eterno durante todo el milenio previo a ese juicio, y lo será por toda la eternidad. Los pequeñitos son los santos que reinarán para siempre con el Señor Jesús sobre las naciones (que estarán pobladas por las ovejas). De estos pequeñitos es que Pablo habló, sin saberlo, cuando habló de los santos, pues para él los únicos salvos eran los resucitados en la primera resurrección y los que reinarían para siempre con Jesucristo. Pablo nunca habló de unos salvos que ni serían resucitados en la segunda resurrección, ni reinarían para  siempre con el Cristo Jesús, ni serían condenados al lago de fuego. Pablo nunca habló ni de las ovejas ni de su camino de salvación. Él, que decía que Jesús mismo le reveló el evangelio, ¿no le reveló esto él y a Mateo sí? ¿O es esto un invento soteriológico de Mateo?

Y si las ovejas no son los santos, ¿quiénes son entonces? Las ovejas son los ateos, los budistas, los hinduístas, los agnósticos, los apóstata, etc.; son aquellas personas del mundo (toda persona que no ha sido separada para servirle a Dios) que se caracterizan por tratar bien a los demás. Por esto las ovejas serán salvas, pero ni serán resucitadas en la primera resurrección ni su destino eterno será la Nueva Jerusalén; serán resucitadas en la segunda resurrección y las naciones (Argentina, Brazil, Costa Rica, etc.) serán su destino eterno. La soteriología de Pablo dice que como la salvación no es por obras, nadie será salvo por muchas que sean las buenas obras que haya hecho durante su vida si no tiene fe en el Cristo Jesús. Según Pablo, quienes no tienen fe en Jesucristo no pueden ser salvos, aunque sus vidas se caractericen por las buenas obras; mas según Jesús, pueden serlo, sólo que las naciones serán su destino eterno, no la Nueva Jerusalén. Las ovejas serán salvas, pero no reinarán con el Señor Jesús.

En la soteriología de Pablo no hay diferencia entre las ovejas y los cabritos; ambos grupos están excluídos de la salvación; mientras que en la soteriología de Jesús los únicos condenados al lago de fuego son los cabritos, que son las personas que se caracterizan por no tratar bien a su prójimo. Los cabritos no se caracterizan por hacer buenas obras, sino por ser egoístas indiferentes o egoístas crueles. Como habrá visto, en la Biblia hay más de una soteriología, incluso más de las que mencioné aquí, y la de Pablo no es la misma que la de Jesús (o la de Mateo). Yo prefiero la doctrina de la salvación que dice Mateo que enseñó Jesús el Salvador.

La paternidad de Abraham (Revisado)

Para los tres grupos religiosos monoteístas nacidos en el medio oriente (los judíos, los cristianos y los musulmanes) ser descendientes de Abraham es de vital importancia, pues es la credencial que confirma sus otras dos credenciales máximas: 1) ser el pueblo de Dios y 2) ser practicantes de la religión verdadera. Por esto, cada uno de estos grupos da su razón particular para declarar que ellos son los descendientes prometidos a Abraham. Los judíos dicen que son ellos, porque son descendientes de Isaac, el hijo que Dios le prometió a Abraham y a su esposa Sara. Los cristianos dicen que son ellos, porque creen, con una fe como la de Abraham, que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios. Y los árabes musulmanes dicen que son ellos, porque son los descendientes de Ismael, el primer hijo que Abraham engendró.

Cada uno de esos grupos no solo dice ser los descendientes prometidos a Abraham, sino que niega que los otros grupos lo sean. Los musulmanes dicen que los verdaderos descendientes de Abraham no son los descendientes de Isaac (los judíos), sino los descendientes de Ismael (los árabes), porque Ismael fue el primer hijo que Abraham engendró. Los judíos dicen que los verdaderos descendientes de Abraham no son los descendientes de Ismael, sino los descendientes de Isaac, porque Ismael no fue el hijo que Dios le prometió a Abraham y a Sara, sino Isaac. Y los cristianos decimos, como nos enseñó el apóstol Pablo, que los verdaderos descendientes de Abraham no son sus descendientes biológicos, sino quienes creen sin dudar (como Abraham creyó las promesas de Dios) lo que Jesús dijo de sí mismo. Por esto los cristianos gentiles decimos que somos descendientes de Abraham sin serlo biológicamente. ¿Por qué tanta disputa por la paternidad de Abraham? ¿Por qué es tan importante para estos tres grupos religiosos ser los descendientes de Abraham?

La razón es porque en el libro Génesis dice que el pueblo de Dios estaría compuesto de los descendientes prometidos a Abraham. Entonces, si los descendientes prometidos a Abraham son el pueblo de Dios, su religión tiene que ser la verdadera. Si ellos no son los descendientes prometidos a Abraham, tampoco son el pueblo de Dios; y si ellos no son el pueblo de Dios, su religión no puede ser la verdadera. La religión verdadera es la del pueblo de Dios. Ser descendientes de Abraham, ser el pueblo de Dios, y ser practicantes de la religión verdadera son tres credenciales que utilizan los judíos, los cristianos y los musulmanes para fundamentar su autoridad religiosa. Por esto es tan importante para estos tres grupos religiosos la paternidad de Abraham.

Los pequeñitos

En el relato del juicio ante el trono blanco (Mateo 25. 31-46; Apocalipsis 20. 11-15) hay unos personajes a los que Jesús llama «los pequeñitos». Ellos, ni son las ovejas, ni son los cabritos. Ellos están en el juicio, pero no están siendo juzgados; son las ovejas y los cabritos quienes están siendo juzgados por la manera en que trataron a los pequeñitos. Ellos tampoco fueron resucitados en la misma resurrección que las ovejas y los cabritos; estos fueron resucitados en la segunda resurrección; aquellos (los pequeñitos) fueron resucitados mil años antes, en la primera resurrección, en la cual todos los resucitados son salvos. Los pequeñitos son el primer grupo de salvos; son los discípulos de Jesús (Mateo 10. 42) y el resto de los santos (los separados para ser reyes
y sacerdotes con el Cristo Jesús en la Nueva Jerusalén).

Los pequeñitos son quienes cumplieron los requisitos máximos de salvación (los diez mandamientos); cumplieron los cuatro mandamientos religiosos, que tienen que ver con amar a Dios; y los seis mandamientos éticos, que tienen que ver con amar al prójimo (Mateo 22. 34-40; Marcos 12. 28-34); fueron fieles a Dios, además de tratar bien a su prójimo; siguieron el camino religioso genuino. Por esto obtuvieron la mejor resurrección (la primera) y el mejor destino eterno (la Nueva Jerusalén). Ellos serán resucitados cuando suenen la séptima trompeta, serán llevados a morar en la casa del Padre, y participarán en las bodas del Cordero. Es a esta salvación a la que siempre se refirió el apóstol Pablo; él nunca insinuó siquiera otra salvación que no fuera ser resucitado en la primera resurrección y vivir para siempre con el Señor Jesús, cuyo destino eterno es la Nueva Jerusalén; él nunca habló de quienes serían salvos en la segunda resurrección y vivirían para siempre en las naciones; él nunca habló de las ovejas. Todo lo que el apóstol Pablo habló respecto a los salvos, describe muy bien a los pequeñitos.

En otro relato (Mateo 19. 16-30), hay un hombre rico que cumplía muy bien los requisitos mínimos de salvación (los últimos seis de los diez mandamientos, los mandamientos éticos); era un candidato a ser resucitado en la segunda resurrección y tener las naciones como destino eterno; era un hombre bueno a quien Jesús invita a ser excelente y tener una mejor resurrección y un mejor destino eterno. El hombre rechaza la invitación de Jesús, porque tiene requisitos que él no está dispuesto a cumplir. Aquel hombre sería salvo de todos modos, pero sería del grupo de las ovejas. Cuando Jesús le preguntó si quería ser perfecto, lo estaba invitando a que fuera uno de los pequeñitos; lo estaba invitando a que cambiara el camino secular de salvación por el camino religioso genuino; lo estaba invitando a cumplir los requisitos máximos de salvación. Al rechazar la propuesta, se descalificó para ser resucitado en la primera resurrección y ser rey y sacerdote con el Señor Jesús en la Nueva Jerusalén.